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La ciudad de los sueños o el sueño de ciudad

Arq.  Erika Tatiana Ayala.
Arq. Yanette Díaz Umaña.
Arq. José Alfredo Suarez Ospina


Periódico diario La Opinión, separata Imágenes, vol. 2. Pp. 04-08 ISSN 0122-8188 Fecha: Marzo 17/2013.
          

     El momento actual de Cúcuta puede ser crepúsculo o aurora. Lo hondo de la crisis social, económica y de valores ha instalado una atmosfera de resignado pesimismo, pero también contiene la promesa de renacimiento cívico. El desempleo, la violencia, la informalidad y las basuras que contaminan y dominan las conversaciones y ansiedades de los habitantes han provocado la degradación de las elites y el desanimo ciudadano. Pero hoy día, el principal problema no son tanto la economía y la violencia, sino las instituciones: El Estado. Una imagen desfavorable en mas del 65% del Concejo Municipal y de mas del 40% y del 63%  del gobernador y alcalde respectivamente[1], dibujan una situación ciertamente dramática.

     Pero aún los rasgos más dolorosos de está crisis se pueden reversar en un contexto de confianza en las instituciones y en el Estado a quienes les corresponde la promoción de políticas de cierre de brecha social y reparto ecuánime de los recursos. La erosión y el descredito de las instituciones, secuestradas por unas élites que las usan de manera patrimonial, han generado un “estado de malestar” que cuestiona los mecanismos democráticos y participativos, potencialmente catastrófico de no asumir medidas y también sueños de cambio. Hoy los sucesos y sus protagonistas parecen moverse bajo el sol que agoniza y se oculta, sin embargo ese crepúsculo del atardecer puede ser una aurora de renacer colectivo, cívico y social si sabemos despojarnos de la herencia de un mundo caduco y dejar atrás el pesimismo, el facilismo y el oportunismo, para confiar mas en nuestros sueños e ideales y ver que más allá de los problemas de la ciudad, también allí se concentra la masa crítica de cambio y superación.

     Diariamente nos rodeamos de noticias que evidencian caos, corrupción, contaminación, pobreza y deterioro ambiental. Pero Cúcuta es mas que eso. Son sus árboles, sus espacios democráticos como la ciclovía dominical, sus ríos Pamplonita, Táchira, Zulia y Peralonso, sus innumerables elementos de valor inmueble, su frontera, su historia, su presente, su paisaje y su memoria, sus recursos y sobretodo sí… su gente. A pesar del pesimismo y las críticas, lo que nos atrae como un imán a las virutas de hierro no son las formas materiales de la ciudad, son las costumbres y su cultura. Si bien ese poder magnético pasa por las historias sucedidas en un soporte material y construido que son las calles y edificios, la ciudad son sus gentes y su material mas preciado de construcción no es el concreto y el asfalto, sino el pensamiento colectivo de quienes las habitan, sus anhelos, necesidades, demandas y sueños.

     Nada supone ser tan estático y representa permanencia como la Arquitectura, obras y hechos enraizados en algún lugar de la ciudad y de nuestra mente; no obstante nada se desplaza o tiene más dinámica que las personas, las ideas y las costumbres que los moldean. En contraposición, buena parte de nuestra humanidad se aloja en construcciones informales y economías espontaneas, con mas ingenio que recursos, con la estética de lo mínimo y la ética de lo necesario. Elementos que plantean nuevos derroteros a la ciudad, pero que para arquitectos y urbanistas representan unas apuestas en términos materiales, funcionales y climáticos propios de la región y de las necesidades humanas, que debemos traducir en soluciones habitacionales.

     La revista The Economist en un informe urbano de 2007, asegura que las ciudades felices tienen en común dos cosas: prosperidad y buen gobierno, las infelices tienen en común diversas formas. Pero ni las invasiones degradadas, los políticos corruptos, la inseguridad y contaminación disuaden a las multitudes del desplazamiento en busca de un mejor mañana, que ha situado a más de tres cuartos de la población en asentamientos urbanos que crecen, se expanden, ensanchan, marchitan y extinguen, pero que con mucha frecuencia sobreviven reinventándose una y otra vez a partir de su capital humano, como el más sólido fundamento social, por encima de las transformaciones físicas introducidas sobre las trazas de su territorio.

     En la contemporánea sociedad del conocimiento, uno de los grandes y esenciales factores de competitividad urbana se encuentra relacionado con la formación de su población; esta formación puede ser el capitulo que ejerza la mayor influencia en la transformación de nuestras sociedades, nuestras ciudades y nuestros hábitos. La Universidad y la academia son mas que salones y profesores, se requiere de arquitectura, construcción y pedagogía para materializar espacios de enseñanza. Quisiéramos afirmar que son todos igualmente importantes, pero no es así: se podría prescindir de muros, pero no de los maestros. Es cómo lo pensó Marshall McLuhan al proponer salones sin muros que utilizarían los medios de comunicación como las mas poderosas herramientas de acceso al conocimiento. En coherencia, el maestro docente puede prescindir de muros y utilizar los medios de comunicación para ganar espacios ya sean físicos o virtuales donde se produce el conocimiento a partir de la relación dialéctica entre estudiante y profesor.

     El anhelo por una mejor educación puede residir tanto en programas como en excelentes espacios, pero ineludiblemente en los profesores. El muro de carga de la actual sociedad red y de instituciones claves en el desarrollo de un país como las Universidades, es el conocimiento, por tal motivo la deuda de la Universidad y en especial de arquitectos formando más arquitectos es con la ciudad, crisol esencial de la formación de las personas para enriquecerlas y habilitar su inserción en un mundo cada vez mas competitivo, al que hay que enfrentar con la imaginación y el desarrollo de un pensamiento crítico y creativo. Solo así podemos ver que el actual contexto de carestía energética y cambio climático, nos impulsa a aprender y enseñar a dar más por menos, a crear funcionalidad y estética con medios limitados y priorizar los asuntos comunes, por que solo dando prioridad a las necesidades compartidas es que se refuerzan los lazos comunitarios.

     Bajo estas premisas de generar una mayor y mejor conciencia y conocimiento de la ciudad desde la academia, superando las trabas pesimistas y crisis sin fondo y sin sentido, el Departamento de Arquitectura de la Universidad Francisco de Paula Santander aspira a partir de esta edición a dar testimonio e historia de nuestra época, pero también dar cuenta de los conflictos y debates de la arquitectura y lo urbano: su movilidad, espacio público, lo ambiental y ecológico, la vivienda, su pasado en obras significativas y representativas, el sentir de los ciudadanos frente a lo construido y también los riesgos de nuestra disciplina para enfrentar a un mundo globalizado en constante mutación que ha devastado el tejido social. Es nuestro deber y nuestro oficio por que los medios y la academia en ultimas han de servir de detonantes para empezar a pensar de otra manera, se necesita más arquitectura, pero también necesitamos mas ciudad para pasar del todos toman al todos ponen.





[1] Resultados Encuesta Enero 2013, La Opinión, Cúcuta. Publicada el 03 de febrero de 2013. Gerardo Raynaud – SIS Consultores.




MOVILIDAD Y DESEOS CIUDADANOS

Arq.  Erika Tatiana Ayala.
Arq. José Alfredo Suarez Ospina


Periódico diario La Opinión, separata Imágenes, vol. 2. Pp. 04-08 ISSN 0122-8188 Fecha: Abril 21/2013.

Hoy somos ciudadanos de un mundo inestable y relativo. Hemos nacido en un espacio y tiempo donde todo cambia, las tendencias, los espacios, las costumbres y los pensamientos, todo se mueve muy rápido, todo se desplaza, mutando y articulándose de acuerdo a las realidades y a los conceptos de quienes las crean, las interpretan y las ejecutan. Esa, es la ciudad.

Pertenecemos a ese intervalo de la historia que se reinventa continuamente, que tiene la posibilidad de detenerse, observar y aprender de un pasado, quizá no muy lejano pero si lleno de actividades, hechos y circunstancias que sin duda alguna contribuirán al desarrollo del concepto de ciudad, hoy visualizado desde otro contexto y amparado bajo otras problemáticas, pero sin duda alguna construido mediante las relaciones, las necesidades y los usos que manifiestan sus habitantes.

Si, definitivamente la ciudad y su territorio hoy son el resultado de lo que hemos querido, pero también de lo que nos merecemos. Moldeada y acuñada por las colosales fuerzas demográficas, históricas, sociales y naturales, apenas domada y encauzada por la política y las voluntades del poder, que la arquitectura en algunos casos hace visibles, la ciudad contemporánea es la expresión material de lo que somos o de lo que creemos ser: una sociedad que rinde culto al éxito económico y celebridades de paso.

Con la industrialización y la modernidad se dio paso al entendimiento de que el progreso de la ciudad tenia que ver con lo ágil y rápido que se movían sus gentes y los bienes, esto asimilado a la idea de libertad y movimiento. Para América del Norte y Europa la modernidad y el progreso, para nosotros Latinoamericanos un vertiginosos proceso de urbanización que restringió las libertades mas básicas y socavo la idea de encuentro y colectividad, ante las cuales se plantean y se siguen planteando soluciones de infraestructura vial que reducen las alternativas de encuentro a las redes sociales y espacios virtuales.

Los espacios destinados a la movilidad poco a poco han ido cediendo lugar a la introducción de nuevas formas de transporte -público o privado- a los cuales se les ha otorgado un mayor grado de jerarquía empezando a dejar atrás la experiencia personal, enriquecedora e intransferible que se obtenía al transitar, caminar y reconocer la ciudad. Todo lo anterior ha cambiado el concepto de ciudad y al mismo tiempo nuestra forma de verla, vivirla, percibirla y recorrerla también se ha visto afectada.

Ya hoy no somos ciudadanos, somos clientes o peatones en las estadísticas. La transformación de la ciudad y su territorio en mercancía horizontal ha devenido en que nos orientemos ya no por los hitos o lugares representativos de la memoria, sino por el GPS y su voz adormecedora. Sin embargo, reclamamos nuestro derecho a la ciudad a un Estado que actúa bajo las lógicas del neoliberalismo argumentando que con mas vías, habrá mas progreso y mas competitividad. Haber pensado la ciudad para el automóvil, vacío de contenido los escenarios tradicionales de vida social y colectiva: las calles, las plazas, los mercados, las iglesias, los museos. Hoy, el aeropuerto, los hoteles, los centros comerciales enlazados por vías y autopistas son los recintos del espectáculo urbano y los estadios donde la afición de las barras disfraza la violencia producto de la falta de educación y cultura, y donde los macro-conciertos se volvieron la religión de las mayorías.

Actualmente y a nivel mundial dentro de las agendas políticas y de planeación urbana se habla de la vital importancia de generar, reestructurar y mejorar las vías de comunicación -Esto entendido desde el punto de vista de bienes y mercancías- sin embargo parece que toda esta lista de lineamientos se queda corta cuando recordamos que las calles y las aceras son los órganos más importantes de los espacios públicos  y que definitivamente  no sólo están destinados a soportar el peso o la circulación de vehículos sino, que por excelencia son los lugares donde se desarrolla la experiencia social de la ciudad, aquella que en años anteriores nos permitía recorrer, reconocer  y ser reconocidos en las calles, otorgándonos espacios de socialización, discusión y practica comunitaria.

Bajo este orden de ideas, la malla que condensa los actores de la movilidad se abre y nos presenta abiertamente sus componentes, no se trata de asimilar el termino de movilidad a un vehículo o a un medio de transporte, se quiere incluso dar a entender que el desplazamiento es sinónimo de autonomía y que a diferencia de lo que se cree justamente es el peatón o el transeúnte quien a través de sus movimientos o recorridos ejerce un mayor dominio y reconocimiento del espacio, reestructurando el concepto de movilidad.

Debido a la situación fronteriza de nuestra ciudad, el significativo cambio y valor del bolívar  y a las condiciones que rigen la compra y el precio de gasolina –a diferencia del resto de ciudades del país- la ciudad de Cúcuta cuenta con un elevado parque automotor que debe entenderse no sólo por la cantidad de carros privados sino las motos y los vehículos que hacen parte del servicio público. Estas características particulares sumadas al deterioro de las calles y avenidas que conforman la ciudad hacen que la práctica del transeúnte se convierta en limitada o casi inexistente.

A la hora de realizar requerimientos los ciudadanos deberíamos tener en cuenta que no sólo se debe abogar por “reparchar” o solucionar los problemas que estén relacionados con las vías dedicadas al transporte. Todo lo contrario, como usuarios directos del espacio público deberíamos preocuparnos un poco más por el desarrollo y el manejo actual de nuestros espacios de circulación peatonal. Para poder cumplir satisfactoriamente con las premisas que afirman que el espacio público es el lugar donde por excelencia tienen cabida todos los colectivos que hacen parte de la sociedad simultáneamente y sin distinción alguna, se debería empezar a realizar diagnosis –evaluaciones- que conlleven a identificar cuáles son los espacios más neurálgicos de la ciudad en relación a este tema.

Y, Todo es relativo en la ciudad, sus tiempos y sus espacios. Volver a la vida de barrio comprende diferentes escalas desde lo global hasta lo intimo del hogar. La apuesta por la competitividad empieza desde la multiplicidad de los espacios de encuentro y diversidad que ofrece la ciudad, de sus múltiples alternativas y de cómo moverse y llegar a ellas mediante otros modos y medios alternativos a los que consumen recursos no renovables.

En este espacio-tiempo, la distancia es un intervalo, y la arquitectura, lo urbano y sus dinámicas se nos presentan como los ritmos músicales acompasados de una composición que en otras épocas fue pensada armónicamente a diferentes escalas. Tal como la “Danza para olvidar el Tiempo” de Schumman, hay ciudades que nos hacen olvidar el tiempo, son esas que con sus espacios nos hacen volver a pensar en lo importante del encuentro humano, de olvidarnos de lo vertiginoso de contribuir a un sistema productivo inequitativo y disfrutar del atardecer y de la dinámica urbana.

Esos espacios son el corazón y los órganos vitales de la ciudad, nada permanece como recuerdo mas que los espacios públicos como recintos donde se da la vida común, donde nos olvidamos de las diferencias y somos espectadores y actores del drama urbano. Las ciudades contemporáneas e innovadoras que le apuestan hoy en día al desarrollo del tema de la movilidad no sólo se encuentran enfocadas al tema de los vehículos, precisamente esa jerarquía se rompe y se le otorga un papel importante al reconocimiento que se adquiere a través del recorrido peatonal o en bicicleta de las calles de la ciudad, abogando por las antiguas practicas barriales donde a partir de estos recorrido no sólo se obtenía una autonomía de desplazamiento sino que se reforzaban las practicas comunitarias. En los pequeños y antiguos barrios, se reconocía al vecino, se observaba y detallaba los componente físicos –calles, casas, iglesias-  que hacían parte de nuestra cotidianidad y los espacios de circulación muchas veces cambiaban de función y se convertían en espacios de juego o actividades sociales a escala de barrio.

Hay que empezar por multiplicar y replicar esos espacios que se han convertido en el ultimo reducto de la democracia: las ciclovias dominicales y las ciclorrutas y andenes como soportes de encuentro humano y de la movilidad, al menos a una escala de barrio. ¿Cuántas veces caminamos por nuestro barrio? ¿Preferimos ir al trabajo, colegio o supermercado más cercano a pie o preferimos ir en carro? ¿Conocemos nuestros vecinos? ¿Se tiene claro cuáles son las actividades que se deben dar o están permitidas en los espacios públicos del barrio? O solo vivimos en un mundo aislado que solo puede vislumbrar a través del panorámico de su vehículo… o de las redes sociales?  Todas estas prácticas que se resumen en el hecho de caminar, deambular,  transitar y vivir cotidianamente conllevan a un amplio reconocimiento tanto de las debilidades como de las fortalezas que posee la ciudad en relación al tema de la movilidad, quizá cuando se haga este ejercicio consiente se empezaran a enumerar todos los factores que Cúcuta necesita para ser una ciudad que promueva una movilidad sostenible y sustentable.

Actividades valiosas como factores de cohesión social, salud y movilidad reflejadas en la ciclovía del malecón y el uso de ciertas plazas, que su realización no sólo debería estar destinada a los domingos sino que debería ser un pacto replicable para mejorar la calidad y la cantidad de los espacios públicos que hoy en día se presentan como elementos aislados e inconclusos que lógicamente debilitan y disminuyen su práctica, más otros factores como la necesidad de andenes que en varios tramos de la ciudad son inexistentes o se encuentran en un pésimo estado, sin accesos para personas minusválidas o llenos de obstáculos que dificultan su uso.

Las líneas escritas con anterioridad quedaran solo en palabras o narrativas si de alguna u otra forma no ejercieron algún tipo de curiosidad, identificación o gestaron un cambio de conciencia. Debemos entender que esta tarea no sólo corresponde a los entes gubernamentales que rigen o dan las pautas de diseño o modificación del espacio urbano si no que es una labor individual como principio de lo colectivo que parte del ejercicio cotidiano que habla de cómo YO habitante de la ciudad de Cúcuta quiero vivir, reconocer y movilizarme dentro de la ciudad. Tales reflexiones devolverán el papel de lo público al Estado, y la construcción de la ciudad al sentido mas humano, pues en ultimas, la materialización de esos deseos, reside tanto en nuestros pensamientos como en nuestro corazón.

Recordemos que sólo podemos pedir y exigir cambios dentro de los temas que conocemos y que hacen parte de nuestra experiencia. Pero sobre todo mantengamos una mente abierta que modifique el hasta ahora preestablecido concepto de movilidad  y mediante otras prácticas nos permita conocer, redescubrir y comprender nuestra ciudad.







Patrimonio in Memoriam

Arq.  Erika Tatiana Ayala.
Arq. José Alfredo Suarez Ospina


Periódico diario La Opinión, separata Imágenes, vol. 2. Pp. 06-09 ISSN 0122-8188 Fecha: Mayo 20/2013.




           
Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá. Vagarás por las mismas calles.
Y en los mismos barrios te harás viejo y en estas mismas casas encanecerás.
La ciudad
Constantino Cavafis


     La espuma del jabón en el lavadero, las aulas de nuestro kinder, una vieja cocina o la iglesia durante la misa, el árbol de nuestro patio y los de nuestra calle, el barrio, la plaza, el parque… son los lugares y recuerdos que conforman nuestra memoria, arraigada y enraizada en algún lugar de la ciudad y del planeta. Y, hoy, cuando la globalización nos impone una época donde todo es efímero y pasajero ante la homogenización de las marcas y el espacio de los flujos, paradójicamente lo que valoramos de la arquitectura y su ciudad es la permanencia en el tiempo. La utilidad ante las demandas de una sociedad, la solidez de su construcción y la belleza que otorga un carácter de seducción a la arquitectura y sus obras hará que tal cómo lo deseaba Apollinaire: le preparemos a la hiedra y al tiempo unas ruinas hermosas.

     Ni los muros derribados por los atentados terroristas resultaron ser los últimos, ni los desfalcos que dejan huecos en el centro de la ciudad marcaron su declive sino que evidencian mas una vulnerabilidad social que técnica y a su vez fracturan el territorio y segregan las poblaciones que alimentan su resentimiento tenaz y violento profundizando la herida ya abierta emocional y física, entre aquellos que se han podido subir al rápido tren de la globalización y los olvidados y abandonados en lugares de la ciudad donde no llega representación alguna del Estado, sirven de advertencia sobre los pies de barro y riesgos de nuestra apuesta como sociedad de creciente dependencia energética que nos inscribe en la inevitable amenaza del cambio climático.

     Pero nuestras contiendas, divisiones y particular forma de ver las cosas o solo blancas o solo negras nos inhabilitan para distinguir lo urgente de lo importante, y nos llevan a plantear respuestas genéricas frente a las demandas especificas y fundamentales de una sociedad segregada, separada y diferenciada. Estos dilemas dramáticos de Cúcuta son también en gran medida los de Colombia y América Latina y en general los de una población que se debate entre la adaptación a la globalización y la perdida de las memorias de sus historias comunes.

     Victor Hugo en su texto Notre-Dame de Paris publicado en 1831, señalaba “Esto matará a aquello. El libro matará al edificio”, donde por el auge y difusión de la imprenta se quebranto el significado y simbolismo de los edificios. Afortunadamente no fue así, aunque la actual era de comunicación instantánea le ha restado gran importancia a la arquitectura como el gran libro abierto de la humanidad y expresión del tiempo, reduciéndola en muchos casos a imágenes borrosas y distantes, carentes de significado o perdidas en un espacio entre lo particular y lo comunitario, donde nadie se cuestiona que sucedió o donde quedo.

     Como optimistas pensamos el futuro e imaginamos la ciudad de nuestros sueños con edificios que innoven y representen progreso social. Sin embargo, debemos recordar que tenemos raíces que nos imponen la obligatoria tarea de renovar la memoria construida como una oportunidad obligatoria de desarrollar proyectos enriquecidos con el valor de la historia. Las construcciones donde se arraiga la memoria de la ciudad, son testimonios hoy de una época de antaño, son el pasado presente, que debemos legar al futuro. En ellos reside una gran lógica material, tectónica y climática que puede servir como estimulo y ejemplo para producir poesía, comodidad y belleza en un entorno en crisis. Tal como lo expresaba Nietzsche en Más allá del bien: "estamos bailando con cadenas", debemos proteger los edificios y lugares que han sido el teatro de nuestras vidas, enfrentándonos a un culto al consumo que agota y hace limitados los recursos, son estas las cadenas para bailar en el testarudo paso del tiempo para que estos monumentos no sean ya como el pasado representado solo en fotografías pálidas, discos rayados y olvidados en un rincón o perfumes rancios.

     En el libro “En busca del Tiempo Perdido” (À la recherche du temps perdu) Marcel Proust,  describe al protagonista cuando remoja su magdalena en una taza de té y el sabor de este, desencadena los recuerdos y nostalgias de su vida pasada...Bajo este orden de ideas, dentro del contexto local que nos pertenece la Catedral de San José, la Columna de Padilla, la Columna de Bolívar, Cristo Rey, las iglesias San Antonio, San Luis, San Rafael, La Candelaria, el Cementerio Central, el hoy Banco Popular de la Avenida 5, la Quinta Cogollo, la Quinta Yesmin, la casa Steinworth, el Asilo Andressen, las estaciones del Ferrocarril, la torre del Reloj, el consultorio jurídico de la Universidad Libre, y todo el patrimonio vivo de la ciudad: sus arboles y zonas verdes, son los lugares donde residen nuestros recuerdos, son nuestra magdalena de Proust. Es allí donde los ecos de la historia resuenan en la infancia de muchos, pero que apenas si se escuchan hoy y son pocos los que lo lamentan.

     La bonanza y prosperidad de hace seis años no bastaron para impulsar un resplandor y rescate de la ciudad, que desde luego requería más solidez institucional, transitando del derroche al rescate, las ganancias económicas hicieron que nos comportáramos cual niños malcriados que olvidan sus viejos juguetes para sustituirlos por otros de moda. Dejando atrás nuestras más preciadas construcciones -significativas y memoriales- aquellas que evocan recuerdos, nos generan un sentido de lugar, manifiestan un sentido de pertenencia, aquellas para y por las cuales debemos reeducarnos con el fin de poder hablar, escribir, recordar, reparar y rehabilitar.

     Inspirada también en el amor como el Taj Mahal, pero sólo para la única esposa de Don Cristian Andressen Moller, la Quinta Teresa diseñada y construida por el ingeniero Domingo Díaz, quien también construyera la estación central del Ferrocarril de Cúcuta, fue el regalo de cumpleaños del filántropo a su esposa Teresa Briceño, con quien en el año de 1896 fundaría la Sociedad de San Vicente de Paul[1]. Con detalles que denotan su origen romántico y un conjunto que hace alarde de una estética solida que sólo la indiferencia a lo largo de los años amenaza con echar al piso, a pesar de ser declarada bien de interés cultural desde el 5 de noviembre de 1996, ratificado por el Tribunal Administrativo del Norte de Santander mediante una acción popular el 30 de septiembre de 2010 que dicta que el Municipio debe recuperar el emblemático inmueble; proceso que hasta el día de hoy no ha logrado conciliar los devenires de nuestra agitada vida contemporánea por cuanto las acciones de restauración se han caracterizado por la burocracia y desconocimiento de los valores sociales. Los inmuebles representativos son los órganos vitales de las ciudades, en ellos reside la identidad, desafortunadamente muchos, como algunas estaciones del Ferrocarril han desaparecido  y se han ido al olvido. Su caída nos genera una onda expansiva que se siente mas en nuestros corazones que en la tierra. In memoriam…

     Y si esta es la actitud mas contemporánea o las mas extendida en una ciudad que ha reemplazado su historia y sus culpas por la indiferencia y la aceptación, se aplaude en contraposición al olvido, el proyecto ganador para la recuperación del Parque GranColombiano por los arquitectos Jaime Cabal y Jorge Buitrago. Lo valioso del diseño se encuentra en su fuerte apuesta por “reconectar, estructurar y difundir y articular” los monumentos  y valores de la historia con el contexto actual, donde además se toman como estructurantes los elementos ambientales en sintonía con la diversidad de flora y fauna, recordándonos que estos son nuestro verdadero y mas preciado patrimonio. Si queremos un icono de encuentro, memoria y curación para los olvidos y retornar a la muy noble, leal y valerosa, este conjunto de ideas es un muy buen candidato. Encore!

     Y hoy, no sabemos bien si queremos que la arquitectura nos explique o nos consuele, nos represente o nos cure. Ya no está Rogelio Salmona para ilustrarnos sobre la memoria y sus metáforas, pero si estamos a tiempo de evitar que el paso del tiempo o la amnesia de un tiempo fugaz borre mas de nuestra memoria construida. Si el desarrollo inmobiliario irresponsable debe moderarse, será sin duda porque colectivamente hemos decidido construir menos y hacer más ciudad, porque decidimos juntos dar permanencia física y temporal a lo urbano y vital, y por que democráticamente entenderemos que después de mas de 200 años de independencia y emancipación, para afrontar a las tempestades de un mundo globalizado, lo debemos hacer desde la construcción de un proyecto colectivo de sociedad donde la memoria común nos une y amalgama.





[1] Información obtenida de la Academia de Historia de Norte de Santander, archivo La Opinión, y CúcutaNuestra.com




Espacios utópicos Vs espacios reales.

Arq.  Erika Tatiana Ayala.
Arq. José Alfredo Suarez Ospina


Periódico diario La Opinión, separata Imágenes, vol. 2. Pp. 06-09 ISSN 0122-8188 Fecha: junio 20/2013.



Dentro de la configuración y el desarrollo de las ciudades el espacio público siempre ha jugado un papel muy importante, sin lugar a duda es el encargado de dar forma y sentido a la trama urbana; es el espacio por excelencia a través del cual los habitantes tenemos la posibilidad de expresarnos por medio de la reivindicación de nuestros actos cotidianos o protestas, sencillamente porque es el lugar que el urbanismo ha definido como el espacio que debe albergar a todos los ciudadanos sin distinción alguna, satisfaciendo sus necesidades de forma simultánea.

Continuamente las fuentes teóricas o literarias conllevan a la idealización del espacio público, describiéndolo como un lugar de socialización que tiene la capacidad de generar vínculos que nacen del azar y promueven una dinámica social basada en espacios de intercambio, que marcan una clara diferencia entre una ciudad generadora de relaciones y espacios sociales de un lugar simplemente ocupado o urbanizado; sumado a la idea que ofrecen autores como el antropólogo español Manuel Delgado quien en Carrer, festa i Revolta: els usos simbòlics de l’espai públic lo describe como una sociedad de lugares compuesta por canales donde circulan todo tipo de flujos, energías, personas, vehículos, recursos y servicios; recordándonos que el espacio público no sólo es una institución social sino que además es la dimensión más liquida e inestable de las dinámicas urbanas.

Sin embargo, las ideas o reflexiones que hacen parte de la literatura o las fuentes teóricas no siempre corresponden a la realidad, debido a que las dinámicas que hacen parte del desarrollo de las ciudades se encuentran sometidas a constantes y repentinos cambios. Por tal razón, es importante realizar un ejercicio consiente basado en la observación que facilite la recolección de datos y permita visualizar el estado real del espacio público de la ciudad.
El hecho de reconocer, recorrer y percibir la ciudad cotidianamente marca una brecha importante entre lo que se dice, se escribe y lo que se vive dentro de la misma, por lo tanto, quizá uno de los errores que se hace visible dentro de esta problemática que aqueja gran parte de las ciudades latinoamericanas se encuentra relacionado con la falta de comunicación entre los entes gubernamentales, la academia y los ciudadanos; en términos generales entre quienes rigen y dan la pautas de desarrollo de la ciudad, quienes la estudian y quienes la viven cotidianamente.

Desde de nuestro ámbito local, a través de los años la historia de nuestras calles y avenidas ha estado sujeta a diversos cambios económicos y políticos -sumados a la importante influencia que ejerce el hecho de ser una ciudad fronteriza- características que con el paso del tiempo le han otorgado un sello particular a diversos espacios que hoy se alojan dentro del imaginario urbano y son reconocidos por los ciudadanos de acuerdo al uso o el servicio que representan.

Uno de los casos más representativos en relación a la utilización, apropiación y transformación del espacio público cucuteño ampliamente debatido y cuestionado es el de la Avenida 6ª, lugar que por excelencia representa un hito para nuestra sociedad, debido a su importante perfil comercial y a las diferentes propuestas que a lo largo de los años se han presentado con el fin de reorganizar el espacio en pro de un mejoramiento de la calidad del mismo. Desde esta perspectiva, el departamento de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad Francisco de Paula Santander de la mano del Grupo de Investigación Taller de la Ciudad reconoce la importancia de comprender, estudiar y divulgar las diferentes problemáticas que hacen parte de nuestra región y afectan directa o indirectamente el desarrollo de la ciudad, así como el papel que cumple el ciudadano dentro de la misma. Por tal razón, se encuentra realizando un importante estudio sobre la construcción social, el espacio público y los significados en torno a la Avenida 6ª, diagnosis que tiene como objetivo reconocer las diferentes tipologías de uso, apropiación y transformación del espacio a través del análisis del perfil histórico del sector, sus debilidades y fortalezas y la percepción que manifiestan tanto los usuarios como los trabajadores en relación al mismo.

Durante años el tema de la apropiación constante del espacio público por parte de los comerciantes informales ha ocupado el interés de gran parte de la sociedad cucuteña, constantemente se han planteado soluciones con el fin de reorganizar el espacio y liberarlo de este tipo de representaciones que dificultan la circulación por el sector, le brindan un sentido de inseguridad y según lo que dicen las fuentes literarias lo alejan de lo que debería ser un espacio público exitoso. Sin embargo, como se menciono en líneas anteriores, las características que se han pautado o marcan la calidad de un espacio público de gran calidad no son o no deben ser generales, por el contrario su desarrollo debe estar sujeto a la forma y el sentido en el que el usuario se apropie y disfrute del mismo.

Tal vez esta sea la clave del error. La historia, sus eventos y manifestaciones son los elementos esenciales dentro del diseño y la concepción de lo que debe ser el espacio público, debido a que la memoria urbana se enlaza a las representaciones y a las características que han hecho posible o han demarcado un espacio especifico. En el caso de la avenida 6ª, los vendedores informales, el comercio, las ventas al mayor y detal, así como la división formal e informal del mismo hacen parte de esa historia que periódicamente se esconde pero que renace y se reivindica dentro del espacio. Las propuestas o soluciones formales deben estar sujetas a diagnosis que nazcan, se desarrollen y fundamenten en trabajos de campo, trabajos de observación y de encuentro con el ciudadano, bajo ninguna circunstancia podemos olvidar que el peatón es aquella persona que tiene la capacidad de redescubrir cotidianamente la ciudad, que a diferencia del automóvil tiene la autonomía para desplazarse a su gusto, bajo sus rutas y parámetros permitiendo que en cada uno de ellos se viva y se apropie de un espacio especifico de la ciudad; aquel que guarda un lugar importante es su memoria o aquel que por representación o desarrollo de alguna actividad ha llamado su atención.

La avenida 6ª de nuestra ciudad se caracteriza por ser un lugar fluctuante, dinámico y temporal; que vive y define sus usos de acuerdo a la hora, el día de la semana y la temporada del año y que se cubre de las pieles de la mercancía que expone. Es un espacio que en medio de su desorganización aparente posee un lógica de distribución que guía al usuario a través de diferentes estadios comerciales y vivenciales, logrando un patrón de venta y consumo que se arraiga en la memoria de todos los ciudadanos. Es un sector de alta afluencia vehicular y peatonal que año tras año se reinventa y se adapta a sus necesidades, dejando huellas palpables como la diferenciación de alturas en los andenes o las rampas improvisadas realizadas “artesanalmente” por los propietarios con el fin de “mejorar” la movilidad, que lejos de cumplir con este cometido compromete la presencia de personas mayores, niños o personas con movilidad reducida.

El sentido de seguridad se resguarda en las redes de vigilancia implantadas por los comerciantes que se amparan en los policías de cuadrante quienes periódicamente recorren el sector, así como en la necesidad de ubicar la zona de comercio informal cerca de las vías de comunicación generando filtros que demarcan dos lecturas simultaneas del mismo, por un lado los pequeños pasadizos comerciales estructurados por lógicas de venta que se convierten en la puesta en marcha de la imaginación que debe suplir las necesidades de ubicación, soleación y distribución de mercancía -sin dejar a un lado el contacto con el usuario- así como el sentimiento de inseguridad que nace a partir del recorrido peatonal por el parque lineal, que actúa como telón de fondo que cubre los diferentes procesos de mendicidad, desorden y contaminación que se esconden tras las pequeñas ventas organizadas dentro del espacio.

Las puesta en marcha de propuestas que estén relacionadas con este tipo de planteamientos urbanos deberían partir de procesos que conlleven a un estudio profundo de las diferentes características que componen el espacio a intervenir. De esta manera, se podría obtener de primera mano respuestas relacionadas no sólo con la movilidad sino también con la contaminación –desde todos sus puntos de vista-  así como la reubicación del comercio informal que nuevamente se toma el sector. La historia y sus componentes debe ser el centro pero al mismo tiempo el filtro que permita entretejer propuestas sumadas a las diversas opiniones y percepciones que tanto los vendedores como los usuarios poseen sobre el eje de la avenida 6ª. Se debe apostar a la potencialización de la zona, tratando de entender el porqué de su afluencia comercial, indagando sobre las necesidades de quienes la transitan y la viven cotidianamente; a través de una observación detallada, puntual y profunda con el fin de otorgar soluciones que correspondan a la realidad.


Bajo este fin, se hace necesario instaurar equipos interdisciplinares que reflexionen entorno a la problemática existente y se comporten como elementos proactivos que contribuyan a su mejoramiento. Por tal razón, también es importante que los entes gubernamentales trabajen mancomunadamente con la academia, porque es allí precisamente donde este tipo de elementos o conflictos de la mano de los grupos de investigación y semilleros pueden llegar a ser estudiados a profundidad, generando no sólo un nuevo concepto de ciudad, de espacialidad o de espacio público sino contribuyendo a la creación de perfiles de jóvenes egresados interesados en el desarrollo del tema de ciudad; como es el caso de la UFPS que a través de sus diferentes programas, especialmente el de Arquitectura le apuesta a la educación de seres humanos integrales pertinentes a las problemáticas regionales.



Concurso público: Una alternativa para la calidad de los proyectos en la ciudad.

Arq.  Yannette Díaz Umaña.
Periódico diario La Opinión, separata Imágenes, vol. 2. Pp. 06-07 ISSN 0122-8188 Fecha: Julio 29/2013.











Cúcuta: Árboles y memoria


Arq.  Erika Tatiana Ayala.
Arq. José Alfredo Suarez Ospina

Periódico diario La Opinión, separata Imágenes, vol. 2. Pp. 06-08 ISSN 0122-8188 Fecha: Mayo 20/2013.



“Si supiera que el mundo se acaba mañana,
Yo, hoy todavía, plantaría un árbol…”
Martin Luther King


Árboles Siempre

Cuanto más nos alejamos de la naturaleza, más cerca queremos estar de ella. Los árboles están presentes en nuestra memoria individual y colectiva, en la cotidianidad, en los barrios e instituciones, así como en la identidad de la ciudad; son nuestro patrimonio natural y cultural. Y aunque es inimaginable una ciudad sin árboles, paradójicamente no los valoramos o reconocemos lo suficiente como para redescubrir ese paisaje que nos rodea y que le da un sentido, un orden y una textura a nuestro espacio urbano, pues la costumbre de su presencia y el acelerado ritmo cotidiano en nombre del progreso, nos han hecho olvidar sus bondades y aportes a la vida ciudadana.

Los árboles han estado en el planeta desde hace 300 millones de años, mucho antes de la aparición de los primeros homínidos -nuestros antepasados directos- Ellos nos vieron surgir y evolucionar, bajo su sombra y recursos se crearon poblados, aldeas y ciudades, permitiendo el avance y el desarrollo de la civilización y la cultura, soportando simultáneamente el paso del tiempo, del clima y el encuentro con nosotros, los humanos, quienes hoy en día ignoramos su presencia o menospreciamos sus bondades.

Sin embargo, los arboles han estado allí presentes en todo momento y lugar. En nuestra cartilla de leer, en nuestra cuna y en nuestros ataúdes, en el árbol de la vida, el árbol del paraíso, el árbol de navidad, el árbol del bien y del mal, en los relatos, en la selva y en las montañas, en las plazas y los andenes, en las religiones y en las tradiciones. Han sido juguete, herramienta y fuego, así como techo y cobijo, libro y papel; otorgándole un sentido a nuestra existencia y representando la vida por excelencia pues nacen en la tierra, se desarrollan en la superficie y suben al cielo en todo su esplendor.

Aportes a la Vida

Purifican el aire y regulan la temperatura, aíslan el ruido, tienen usos medicinales, mágicos y aromáticos. Ornamentan el paisaje, son puntos de encuentro y enamoramiento, de evocación y recuerdo. En las ciudades como lo menciona Pérez Arbeláez: “(…) ablandan la rigidez geométrica de las líneas arquitectónicas (…), hacen resaltar la perspectiva de calles y avenidas”. Ofrecen contrastes cromáticos, de luz y sombra, oxigenan, embellecen la ciudad y bajo ellos están los sitios predilectos por los habitantes. Además de generar empleo y ser protagonistas de nuestro diario vivir.

Dependemos de ellos, sencillamente porque aportan el elemento necesario para la vida de todas las especies del planeta, transformando el dióxido de carbono en nutrientes y liberando oxigeno en el proceso de fotosíntesis ¿Y qué hacemos a cambio? En un ejercicio consiente o inconsciente los talamos, contaminando en nombre y pro del crecimiento y la prosperidad urbana, ante la tiranía y cinismo de las administraciones municipales donde los fraudes y fracasos son más numerosos que los éxitos. Dejando atrás el proceso natural de millones de años, olvidando el cobijo, la sombra y el oxigeno que nos han proporcionado y en nuestro caso particular la identidad que nos ha caracterizado y nos ha definido como “la ciudad de los arboles” aquella ciudad que los foráneos describen a partir de túneles formados por los follajes de ancianos arboles que se mezclan con la iluminación natural o artificial generando sensaciones de confort y familiaridad, dentro de una ciudad que hoy en día dentro de su trama aún posee algunos rastros de naturaleza.

Progreso y Despropósitos

Ante estas reflexiones debemos recordar la dimensión comunitaria y ecológica de la ciudad. Debido a que es en este sentido cuando cobra especial relevancia el significado del espacio público, sencillamente porque es el lugar ideal donde se desarrolla la ciudadanía, y su recuperación, protección y valoración no puede darse de forma independiente a las dimensiones sociales y ambientales; por tanto los árboles se deben reconocer como el patrimonio vivo de la ciudad. Por ello es necesario restablecer, madurar y conservar el vinculo de unión entre árboles y habitantes, a través del respecto y reconocimiento de ellos como seres vivos y como parte indispensable para la ciudad.

No se comprende entonces como en el Parque Amelia frente al Hotel Tonchalá, se hayan talado y asesinado dos mamones, un oití y un acacio de mas de 20 metros de altura y 50 años de sombra e identidad al lugar, bajo la idea que señalan los protagonistas de tan devastador hecho:  brindar a Cúcuta un espacio para el encuentro y el esparcimiento de su gente y de los turistas que llegan a la ciudad, “dado que en lo últimos años se había convertido en nido de viciosos y de bandas de ladrones”… Ahora resulta que ahora los arboles eran los culpables del abandono del espacio público y que para generar espacios de encuentro y recreación los arboles no significan nada. Sin lugar a duda, deberían procesarlos por “estupidez agravada”.

Las relaciones de respeto y conservación para convivir sensiblemente con uno de los principales símbolos ciudadanos, nos da a entender que el patrimonio vivo y cultural así entendido, trasciende lo antiguo, lo estético, lo único y su permanencia para siempre como nociones asociadas al concepto típico de patrimonio y nos habla más del patrimonio como vinculo de afecto, de memoria, de convivencia, de arraigo, de conciencia ambiental, de evocación y del reconocimiento de su infinita presencia física y mental en la imagen de la ciudad. Es responsabilidad de todos, no sólo de arquitectos y urbanistas, el reto es asumir una estética constructiva en comunión con la ética ambiental en consonancia con el avance del tiempo y el cambio climático.

Frente a la nostalgia de un pasado inamovible, la adaptación al cambio que arrastra formas, vidas e ideas y las obras que despilfarran recursos naturales arruinando el territorio, defendemos lo natural y patrimonial de nuestros árboles como estrategia para la vitalidad de la ciudad. Nuestra época no permite propósitos menores y así como las obras se someten al juicio y utilidad que otorgan sus usuarios, será la ciudad en su conjunto la que decida si no es tiempo ya de que la política y la arquitectura atiendan otras demandas… y cuenten otras historias.


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